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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 23 de junio de 2017

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La falta de humanidad

La falta de humanidad

El 5 de julio de 2013 a las 5:25 de la mañana timbró mi celular. Bien se sabe que una llamada a esas horas rara vez trae buenas nuevas. Y claro, una de las peores de mi vida llegó. Era mi mamá. “Isa se mató”. Yo no entendía nada. Unas cinco veces me tuvo que repetir, “¡Isa se mató, Isa se mató! Isabela se mató”.

Isabela era mi prima del alma, la hermana que nunca tuve. Crecimos juntos, Isa, mi hermano y yo. Durante todas las navidades de mi infancia fuimos los tres, el centro de atención de mis abuelos y mis tíos, mucho antes de que mi larga prole de primos llegara.

Ese día de 2013 fue el más negro de mi vida. Isabela se lanzó del octavo piso del edificio de parqueaderos del aeropuerto de Melbourne, horas antes de abordar el avión que la traería a su tierra después de dos años de vivir en Australia. Después de la llamada de mi mamá, sentí un vacío y un sentimiento de culpa enormes. El día anterior, a las 2 de la tarde, Isa me había llamado por Skype. Con una voz apagada me decía que estaba desesperada y que quería regresar. Sólo le dije que comprara el primer tiquete que encontrara y regresara, que la estaría esperando en el aeropuerto. Le tuve que colgar y le prometí que la llamaría más tarde. Nunca lo hice, y esa fue la última vez que escuché su voz. ¿Por qué le colgué? ¿Por qué nunca le devolví la llamada? Viviré con esas preguntas y esa culpa por el resto de mis días, aunque hoy, tres años más tarde, me he convencido de que unas palabras mías seguramente no habrían hecho nada para cambiar el rumbo del destino. ¿O si? Nunca lo sabré.

A las 10 de la mañana de ese día volé a Cali, donde estaba mi familia, donde había crecido Isa y donde todos esperaríamos durante días que llegara lo que quedaba de ella, sin saber cuándo y cómo llegaría. Tan pronto llegué a Cali, en medio de esa tristeza infinita, todos en mi familia estaban leyendo un libro y me dieron una copia: “Lo que no tiene nombre”, de Piedad Bonnett. Piedad había sido profesora mía en la universidad, pero hasta ese momento desconocía que su hijo, Daniel, había dejado esta tierra de una manera casi idéntica a Isa, dos años antes en Nueva York. Con cada página que leía, sentía que Piedad había escrito no sólo la historia de su hijo, sino la de Isabela también. La esquizofrenia, los ataques, las conversaciones crípticas, la forma como pusieron fin a sus vidas, la repatriación del cuerpo. Cada sentimiento que describía Piedad lo estaba sintiendo yo, y multiplicado, estoy segura, sus papás.

Cuando leí la columna de Piedad “Historia de un oprobio” me sentí defraudada, ofendida, con rabia. Con la falta de solidaridad, de tacto, de humanidad. Pensé en la sevicia del acto, por parte del alumno que escribió lo que escribió, y en la falta de juicio y sentido común del profesor que no falló sólo una vez.

Tal vez uno de los errores de Ospina fue confundir a la escritora con la madre, a la colega con el ser humano, ignorando el efecto que su acto tendría en Bonnett. En pensar que le estaba “aportando” a su obra como escritora, que estaba haciendo un intercambio intelectual con una colega, en vez de pensar que no estaba haciendo otra cosas que echarle limón a la herida abierta de la madre, de la escritora, de la artista, del ser humano. Ospina, ante la reacción de Piedad, se disculpó con ella en privado y en público, por mail, en su blog, republicó su disculpa en otros medios. Aceptó que se “dejó llevar”, y, como lo escribió es su disculpa pública, “comprendo que no la conozco lo suficiente como para entender el efecto que iba a tener mi mensaje. Tampoco sé lo que es el dolor de perder un hijo”.

Pero también me defraudó la falta de empatía por parte de la universidad, cuya solidaridad con una profesora que trabajó durante años y enseñó a centenas de estudiantes fue limitada a enviarle a Ospina una carta invitándolo a reflexionar y supuestamente aplicarle una “sanción privada y confidencial” (¿que constó de qué?), ocho meses después de que Bonnet denunciara el hecho. Ocho meses más tarde, en estos tiempos en los que el matoneo, o el bullying, es un tema álgido y un importante foco de lucha en las instituciones educativas. Y bueno, también me fue inevitable pensar en qué tipo de personas se están educando en los colegios, que les parece gracioso o “creativo” hacer juegos de palabras con el rojo de la furia y de la sangre de la muerte.

El dolor del suicidio solo lo puede sentir quien haya pasado por eso. Para los demás, la imaginación podrá volar, pero estoy segura nunca equipará a la realidad. Mucho menos de un padre o una madre cuyo hijo haya decidido darle fin a su vida de semejante manera. Por eso es tan acertado el título del libro de Piedad. Eso no tiene nombre. Tampoco tiene nombre lo que le hicieron a Bonnett. La herida que Ospina le abrió  -y le sigue abriendo- a Piedad, no solo se la abrió a ella. Nos la abrió a muchos. Y todo, al parecer, en nombre del arte, un arte que según algunos, lo permite todo.

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