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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 25 de marzo de 2019

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Testimonio de una adulta de mentiritas

Testimonio de una adulta de mentiritas
Susana y Elvira

Andrea vive en Nueva York desde 2010. Tiene 34 años y en pocos meses cumple 35. Vive en un apartamento compartido con una neoyorkina de 36, ambas solteras, ambas petfree. “Me mudé a Nueva York porque me gané una beca. Cuando terminé la maestría me ofrecieron una pasantía paga como Data Analyst y después de seis meses me contrataron. Me ayudaron con la visa y con todo, y yo no iba a perder semejante papayazo, viendo que todos mis amigos colombianos terminaron sus maestrías y tuvieron que regresar, porque conseguir un trabajo acá estaba imposible y tenían que regresar a pagar sus créditos en Colombia. Ustedes saben que la cosa acá ha estado complicadísima”, nos cuenta Andrea.

“¿Te gusta vivir en Nueva York? ¿Piensas regresar?”, le pregunta Elvira. “Yo me quedo hasta que pueda estar acá. Nueva York es una ciudad increíble, pero es muy dura y súper cara. Creo que lo más duro es que uno allá está muy solo. Yo tengo mis amigos y los veo un montón, pero no sé, todo el mundo vive en su cuento, como estresado, corriendo todo el día. Espero no tener que regresar pronto, aunque sé que en algún momento tendré que regresar”. Andrea recibe un mensaje de Whatsapp, lo lee y saca el portátil que tiene en su cartera. Se disculpa con nosotras. “¿Les molesta si mando un mail? No me demoro nada, es que me están pidiendo una cosa de la oficina”. Enciende su computador, pide la clave del wifi en el café donde estamos, y empieza a teclear como una loca. Nos imaginamos que está descifrando algún código, o está leyendo algo tipo Matrix, es que no tenemos muy claro qué es lo que ella hace como Data Analyst. En unos minutos está lista, cierra su computador, lo pone al lado suyo y pone el celular sobre la mesa al frente suyo . Le llegan varios mensajes, pone en silencio el celular y lo voltea.

“¿Vienes a Colombia seguido?”, pregunta Susana. “Trato de venir por lo menos una vez al año. Normalmente vengo en diciembre, odio el invierno neoyorkino, es tenaz”. “¿Y tu familia te visita allá?, pregunta Elvira. “Mis papás han ido dos veces no más, mi hermana también ha ido con su esposo, pero siempre como de paso. Nos vemos para comer alguna vez y ya, ella sigue con lo suyo. Es difícil que ellos vayan, por eso siempre soy yo la que vengo a verlos.” Andrea le pide un vaso de agua al mesero, es muy enfática en que no le traiga una botella de agua. “¿Y para qué es esto?”, nos pregunta. “Es para un libro”, responde Elvira. “Ah, qué chévere”.  “Nos contabas que te da muy duro la soledad allá”, le dice Susana. “Uy si, es tenaz. Cuando yo me fui de Colombia terminé con mi novio de cinco años porque él no quería que me fuera ni quería irse conmigo. Me parecía una tontería dejar pasar una oportunidad así. Me dio duro y tales, pero no me arrepiento. Ahora que han pasado tantos años, es duro verte sola después de tanto”, comenta. “Yo no he tenido ninguna relación seria, digamos, con nadie desde que estoy allá. Salgo con un montón de gente, eso sí. Pero nada serio. Allá es difícil conocer a alguien, yo estoy metida en todos los dating sites posibles y por Tinder, y conozco muchos hombres. Me he topado con uno que otro loco y he conocido unos pocos que ahora son muy buenos amigos. Pero hasta ahí, nada serio”.

Su celular empieza a vibrar, interrumpiéndola. Lo toma, ignora la llamada, quiere seguir hablando. Pero la persona que la está buscando es bastante insistente. Después de ignorar varias veces las llamadas, decide contestar. “Es mi mamá, espérenme un segundo veo qué quiere”. Se levanta de la mesa y se aleja un poco de nosotras. Habla, camina de un lado a otro, manotea un poco. Cuelga y regresa. “Mi mamá se pone como loca cada vez que estoy por acá. Está organizando un paseo y… bueno”. “¿Eres muy cercana a tu familia?, pregunta Susana. “Si. Pues yo estoy en Nueva York y nos hablamos mucho. Pero es que cuando estoy acá se ponen de un intenso… Siempre que vengo nos vamos de paseo juntos”. “¿Y qué van a hacer este año?”, pregunta Elvira. “Nos vamos a la zona cafetera. A un hotel. Mis papás, mi hermana, su esposo y yo, la rueda suelta”. Andrea se ríe de su propio comentario. “Es que me tratan como si tuviera trece años, es desesperante”. Le pedimos que elabore un poco. “Pues a ver. Mis papás son los que organizan todo. Reservan el hotel, organizan el itinerario, todo. Pero siempre, siempre, siempre que llegamos al sitio, nos dan dos llaves: una para el cuarto de mis papás, una para mi hermana y el esposo. Entonces quedo yo, la rueda suelta, porque yo soy la “cama extra” del cuarto de alguno de ellos. Nunca en la vida me han reservado un cuarto para mi sola, es como si yo nunca hubiera crecido”. “¿Y por qué crees que pasa eso?”, le pregunta Elvira. “Pues porque como no me he casado, no tengo novio, no tengo hijos, ni nada de eso, entonces sigo siendo la chiquita”, cuenta. “Una vez, llegamos a un hotel y como siempre la misma historia. Y a mi me dio una ira, porque no quería dormir en la cama extra como siempre en el cuarto de mis papás, le pedí al recepcionista que me diera otro cuarto para mi. Mi mamá, ofendidisima, que por qué quería dormir sola, bla bla bla, hasta que les dije que yo ya estaba muy vieja para estar durmiendo con mis papás y que yo podía costearme sin problemas una habitación”.

Andrea nos cuenta varias anécdotas de los paseos con su familia. Nos reímos y vemos que tenemos mucho en común. A veces sus historias parecen las nuestras. “Yo tengo 34 años, soy mayor que mi hermana, pero no entiendo por qué no me consideran seria. Tengo un buen trabajo con un sueldo que, digamos, me alcanza para vivir, trato de viajar lo que más pueda y si, me toca compartir apartamento porque vivir allá es muy caro. Pero siempre que estoy acá no sé por qué pero mi mamá entra en crisis. Ella cree que mi vida es un desorden, siempre me pregunta si estoy ahorrado, y pues claro que no porque es imposible, siempre es a preguntarme si ya conocí a alguien, que necesito tener a alguien y pensar en empezar una familia porque el tiempo me está comiendo viva y me quedan poquísimos años para tener un hijo. Yo no sé si quiero hijos, me gustaría pero no siento que sea el momento y no tengo con quién, entonces no es algo que me trasnoche porque para qué me voy a mortificar por algo que no veo claro. Nunca he tenido el complejo de Susanita -la de Mafalda-, así que… no sé. Pero mi mamá no lo entiende, y mi hermana ayuda cero. Para mi hermana yo soy la pobrecita, solita y amargada. Porque no vivo como ella, con un esposo, un perro e inyectándome hormonas por el ombligo todo el día para quedar embarazada”.

Nos cuenta que su mamá se casó a los 21 años y la tuvo al año siguiente. Siempre vivieron en una casa grande en un barrio muy tradicional de Medellín. Su abuelo les regaló la casa cuando se casaron. Los cuatro cuartos siguen intactos, a pesar de que las hijas no viven hace mucho tiempo ahí. Cuenta también que cada vez que viaja a Colombia se pasa horas en el duty free del aeropuerto y siempre compra cremas antiarrugas de marca de diseñador parisino, pues ya sabe que lo primero que su mamá le va a decir es que tiene aspecto “cansado”, por no decirle que se está empezando a ver vieja y tiene que cuidarse. Insiste en que sus papás no entienden su estilo de vida, y les parece inconcebible que una mujer de treintaypico años esté viviendo con una mujer incluso mayor que ella.

Las medidas de la adultez no concuerdan con la forma de vida de Andrea, sólo las de las arrugas y las canas. Y aunque ella sabe muy bien que es un adulto, su familia la sigue viendo como una niña que hay que proteger a pesar de ser la única de la familia que ha sido capaz de viajar por Asia durante cuatro meses sola. Pero por mucho que haga, hasta que no tenga a alguien, un trabajo menos hipster con un sueldo que le sobre dinero a final de mes y sea una endeudada pero feliz propietaria de finca raíz, ante los ojos de sus papás y de su hermana, ella continuará siendo una niña.

“¿Saben qué creo?”, nos dice mientras pagamos la cuenta en el café. “Somos la generación de los adultos niños envejecidos”.

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Comentarios

  1. daniella

    YO SOY DANIELLA, tuve un gran problema en mi relación que conducen a nuestra separación durante casi 3 años, mientras que yo todavía lo amo. yo no podía hacer nada para restaurar la relación hasta que me presentaron a DR EHIS que salvó mi relación con un hechizo. en contacto con él para obtener ayuda a través de thebrotherhoodtemple@gmail.com

  2. DK

    Me encanta leerlas de nuevo pero bueno, al grano.
    Tristemente vivimos en una sociedad que cree que la realización de una mujer es que a los aproximados 30 años, ya estén casadas, o con hijos, si no hay una familia conformada sólidamente, entonces ” el tren, nos está dejando”
    Pues así no son las cosas, al menos no para mi, así varios miembros de mi familia se sientan aturdidos con mis perspectivas. Aún escucho personas que dicen que ser mamá joven es una bendición que porque es mejor que cuando el niño esté en el colegio, le vean una mamá joven que una que parezca la abuela.
    idioteces! Cada quien es libre de tomar las decisiones que considere correctas para si mismas, respeto a todas aquellas amigas que a mi edad (22 a 24 aprox) ya con madres, algunas con familia, otras solas, pero NO, yo no quiero eso para mi vida, al menos no por el momento y al menos no en lo próximos 10 años.
    A pesar que engroso la larga lista de desempleados profesionales de este país todavía guardo la esperanza de poder ejercer mi carrera ampliamente y hacer muchas cosas mas por mi vida, así llegue a los 30 soltera y sin hijos.
    :)

  3. Sofía Morales

    Esta adulta de mentiras experimentó la adultez que la sociedad planea para las mujeres desde los 25. Me fui a vivir con mi novio de 7 años y me casé 2 años después. Todo parecía perfecto, hasta que las metas personales, los viajes, el trabajo y la ausencia de una meta común nos apartaron irremediablemente. Felizmente nunca tuvimos hijos. Apenas cumplí 30 me divorcié y me fuí a EEUU a hacer una maestría. Mi familia no entiende porqué tomé esas decisiones. Escuché comentarios de pasillo (porque nunca me lo dijeron de frente): Se separan? Pero si él es tan bueno… Si nunca pelean… Eso es que les hace falta tener niños. Hoy, 1 año después puedo decir que ha sido una magnífica decisión. No me arrepiento ni un solo segundo de haber vuelto a la adultez de mentiras.

  4. Laura

    Según el testimonio, ser adulta es tener una pareja, casi que un hogar construido y todas las responsabilidades que esto conlleva, como tener hijos y una casa. Estamos manteniendo por tanto el estereotipo de la mujer del siglo XIX que para ser visible debía ser esposa, madre y ama de casa, la mujer doméstica. Y todo esto hacerlo bien, nada de madre desnaturalizada, ni de divorcio o de casa sucia. No ser esto automáticamente nos mantiene el estatus de niña, de mimada, consentida, pero también obediente, juiciosa y dependiente de los padres, así sea moralmente (porque económicamente ya está siendo prueba superada) ¿Cómo cambiar esta mentalidad? En algunos años los que ahora estamos llegando o han llegado a los treinta ¿seremos una generación que comprenda la transformación del ser hombre y ser mujer y sus distintas etapas de desarrollo? ¿Podremos dejar de tratar como niños a quienes no se casan o no tienen hijos?

  5. Erick

    Somos una pagina que escribe acerca del sexo y todo su entorno , nos gustaría hacer de la mano de ustedes un articulo sobre como ven las mujeres el sexo casual .http://vsexy.vrabbit.com.mx/ , también tenemos una pagina que vendemos paquetes con productos sexuales. http://www.vrabbit.com.mx.

    Saludos.

  6. pagoda

    eso de ser adultas de mentiras…tengo 33 años y vivo con mi novio, los dos tenemos una relación super, nos respetarnos pero cada uno tiene su espacio, el algunas semanas al mes se va a su trabajo, nos separamos pero nos comunicamos y cuando vuelve seguimos juntos, no tenemos tiempo de celarnos, porque sabemos que nos respetamos a nosotros mismo y a nuestra relación. hace 15 días me fui a un matrimonio de un primo, estaba sola porque él estaba trabajando, después de unos días de la fiesta mis tías empiezan a preguntarle a mi mamá que si es verdad que él me dejó…. que porque me voy un tiempo fuera del país, que porque no nos hemos casado, que por que los hijos no llegan…. que pereza llegar a una edad donde tu familia te empieza a juzgar por cosas que son propias de uno, que bueno que mi madre no es asi.

  7. Soledad Márquez

    Lo que esconde la historia de nuestra adulta de mentiras es una de las formas en las que el fenómeno que usualmente se conoce como “machismo” implica para las mujeres de la generación de los 70s, 80s, 90s… seguimos siendo valoradas en razón a que tengamos una pareja, sin ella seguimos siendo NIÑAS, sin importar todos nuestros logros en otras facetas de la vida de una persona, si no estás en lo que usualmente conocen como una “relación” eres una NIÑA, la “rueda suelta”, no te encuentran lugar.

    Recientemente una amiga comentando mi situación me dijo: “¡Ay! Mk, pero en todo caso no vaya a poner en su hoja de vida que es soltera, usted es divorciada y, digan lo que digan, después de los 30 tiene más estatus ser divorciada que soltera”. En ese momento me reí, las dos soltamos una carcajada, pero viéndonos a los ojos ambas fuimos conscientes de que es injusto que a estas alturas de nuestras vidas profesionales, importe más un aspecto tan accesorio de mi vida, de la vida de cualquier mujer, en lugar de sus capacidades y talentos…

    Tratamos de ver todo esto con gracia porque, en general, somos conscientes del cinismo de la sociedad y sabemos que aunque no cambiemos el mundo y la sociedad, sí podemos cambiar la forma en que reaccionamos a esas situaciones, quién sabe, tal vez el sarcasmo sea una forma de hacer de esto algo más llevadero. Lindo post.

  8. Lalu

    Yo soy una adulta de mentiritas.

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