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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 12 de diciembre de 2017

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9 Comentarios

El cliente (casi) nunca tiene la razón

El cliente (casi) nunca tiene la razón

En lo que va del día he interpuesto dos quejas. “Ya parezco una tía”, le dije a Susana. Y con esta frase, caí en mi propia trampa. Primero, ¿por qué está mal parecerse a una tía? Segundo, ¿qué hay de malo en ser una tía? Y tercero, ¿por qué está mal quejarse? Es que al parecer, no hay nada menos elegante y glamuroso que la queja. El que se queja es cansón, es un mamón, un intenso, y peor si es una mujer. Una mujer que exige se convierte en una loca mamona, o en una “bruja” por el simple hecho de sentirse insatisfecha y expresar su molestia por un servicio que no cumple la promesa.

Si decidimos quejarnos, solemos empezar poniéndonos en un lugar de inferioridad: “hola, que pena contigo, será que si tienes un tiempito, chiquitico así sea, ¿me puedes regalar un minutico de tu tiempo? Hay un temita que quisiera comentarte, pero tranquilo, cuando puedas me avisas, yo espero”. El otro siempre es más poderoso, aunque ese otro sería nadie si no fuera por el consumidor con complejo de inferioridad. Somos unos consumidores desempoderados que hemos creído que no podemos exigir así nos roben en nuestras propias narices, porque siempre tendremos las de perder.

A mi nunca en la vida en Colombia me han devuelto un dinero, cosa que si pasa en otros países donde ni siquiera preguntan por qué quiere devolver lo que compró. Acá, uno tiene que empezar dando todo tipo de explicaciones y si le va bien, le dan un bono que uno o A) nunca redime, por lo tanto pierde la plata o, B) redime y termina pagando más porque uno siempre termina escogiendo algo que no necesita, cuesta menos, y tiene que complementar con otra cosa que tampoco necesita ni quiere porque el excedente nunca lo va a recibir. Y si no es el bono, es la disculpa la que hay que tomar y agradecer. “Te pedimos disculpas por la camiseta que salió rota y manchada, esperamos que no vuelva a suceder”. Contentémonos hasta ahí, quedémonos con las disculpas pues de cualquier manera se quedarán con el dinero.

Pero vaya uno a no pagar, por ejemplo, el gas o la luz a ver qué pasa. A las siete de la mañana va a estar el portero en el citófono “doña Elvira, están los de gas que se lo van a cortar porque no pagó”. Toma tu gas cortado y 40 mil pesos para la reconexión. Si uno no paga el celular, a pesar de que se cayó la red cuatro veces en el mes, de malas. Pero ten en cuenta que te vamos a compensar con un minuto extra que nunca sabrás si te dimos o no, aunque tengas un plan ilimitado y no entiendas cómo se traducirá ese minuto extra en tu plan. Por donde sea, perdemos.

Ante esta pasividad idiota en la que estamos, jugamos la misma carta de los hombres que prefieren no pelear con su pareja porque el mito reza que como sea la mujer va a salir ganando, así no tenga la razón. Evitamos el conflicto porque para qué. Permitimos que hagan lo que quieran con nosotros porque qué pereza una pelea. Si no queremos que nos digan brujas, ni locas, ni divas inmamables, entonces decidimos guardar silencio, comer calladas, agradecer y dejar las cosas quieticas.

Porque es que el que se queja pierde en este país –ya no– tan feliz. Porque la queja está mal vista, y porque siempre hay algo peor. Porque quienes prestan los servicios y venden los productos están en la cúspide, en la punta de la cadena alimenticia, y nosotros debemos agradecer porque ellos existen, porque nos dejan hacer llamadas con sus celulares caros y sin señal, porque sus pizzas frías a domicilio nos evitan la jartera de cocinar; porque su servicio de taxis blancos nos evita la pesadilla de coger un taxi amarillo, aunque se demoren en llegar, se pierdan y siempre lo hagan caminar a uno hacia ellos; porque sus camisas baratísimas hechas en una maquila en Camboya nos permiten estar a la moda, aunque se rompan en la segunda lavada. Debemos comer callados, como en una versión moderna y cotidiana de ¿es que mi plata no vale?

Aunque somos nosotros los que deberíamos tener el poder ¿O no?

Comentarios

  1. Yoly

    Eso hace parte de que seamos un país subdesarrollado !!! Ni siquiera podemos quejarnos !!!!

  2. Yu

    Es como estar condenadas a vivir en un mundo de tibieza. “Nos cuesta trabajo el rigor, la disciplina, el cumplimiento, la impecabilidad. Por eso el subdesarrollo no es un problema económico. Es una forma de pensar.” MM http://mariomendozaescritorcolombiano.blogspot.com.co/2016/03/subdesarrollo.html

  3. Sarita

    Es que las personas nos hemos acostumbrado a ser maltratados, y yo soy de las que piensa de malas lo que piense la gente, pago por mi servicio y si no me va a prestar el servicio que quiero como quiero entonces lo cancelo; la verdad así he podido acceder a buenas promociones para mi linea telefónica, definitivamente hay que quejarnos o viviremos siempre en la inconformidad!, Soy mujer, me quejo y no me da pena! 😛

  4. patas

    Mi papá siempre se queja y yo me muero del oso. Es su deporte preferido

  5. Adriana

    Yo lo hago muchas veces porque son abusivos y creen q uno es bobo ejemplo restaurante q t atiende mal le incluyó servicio ? Digo no y se ponen furiosos me dicen porque y yo no pues adivine por todo lo q me pasó con el mesero y la comida. Si digo q hacen con la propina les molesta porque es si obligación darla al mesero pero se la roban nooo mejor dicho ni digo a toda hora estoy alerta

  6. Tatala

    Yo me quejo por todo, muy importante que el dia que te quejes no pierdas los cabales, la decencia no pelea con nadie, aunque no lo creamos en nuestro país contamos con herramientas como las superintendencias que nos permiten exigir nuestros derechos como clientes lo único que si te puedo decir es que aunque son herramientas efectivas, debes llenarte de paciencia por que no es algo que te solucionen de un dia para otro… Rezan las superintendencias, si no han pasado minimo 15 dias habiles tu solicitud no sera aceptada, pero ten por seguro que te cambiaran tu prenda, te devolverán el dinero, pero nunca te regalaran algo extra… JAMÁS

  7. Nathalia

    Vivo en Alemania hace casi 5 anos. Aquí aprendi que mi dinero tiene el mismo valor que el de los demás, por eso cada vez que no me siento satisfecha (muy pocas veces) por lo que estoy pagando, me quejo. Y siempre vale la pena, te devuelven tu dinero, te dan descuentos y hasta te regalan cosas extras. Aquí aprendi a quejarme y hasta ahora a funcionado!

  8. Natalia

    Tienes toda la razón. Yo nunca me quejo de nada porque no quiero armar un problema. Pero uno si deberia exigir cuando no esta contento con algo, pero uno siempre es muy bobo

  9. Juana

    Como siempre al grano. Hay que aprender a quejarse! Voy a empezar a quejarme.

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