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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 20 de April de 2018

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68 Comentarios

Lo que aprendí (en los veinte)

Susana y Elvira

A nosotras nos tocó vivir la década de los veinte en un mundo que apenas empezaba a conectarse. A los veinte tuvimos nuestro primer celular propio, la panela Nokia azul oscura que era revolucionariamente pequeña; abrimos nuestra primera cuenta de mail en hotmail con un nombre absurdo que tuvimos que cambiar cuando vimos lo ridículo que se veía en las primeras hojas de vida que enviamos; en nuestros veinte no había Facebook, ni Twitter, ni Instagram, ni iPhones, ni iTunes, ni Amazon… pero había Napster y quemadores de CDs. En nuestros veinte todavía anotábamos los teléfonos en papeles, llamábamos a teléfonos fijos y saludábamos a los papás de nuestros amigos antes de pedir que nos los pasaran. Teníamos una gran agenda telefónica en nuestras memorias que no fallaba. En nuestros veinte nos sabíamos el teléfono de la casa.

Hoy, una década adelante, miramos atrás y vemos que las cosas han cambiado, pero no tanto como a veces pensamos. Hoy en día la tecnología es abrumadora, todo está en internet, ya no se usan las linternas (menos mal ya no hay Hora Gaviria y nos podemos ahorrar ese rubro de lámpara y pilas gordas para gastarlo en APPs) y cada vez se necesitan menos espejos porque todo, TODO, está en el celular. Las que hoy tienen veinte manejan códigos off-limits para nosotras, mientras que las Susana y Elvira treintañeras ya no tenemos información para encriptar.

La tecnología habrá cambiado, así como muchos códigos, pero la esencia de tener veinte años no. Porque cualquiera que haya pasado por la primera mitad de los veinte sabe que es una gran época en la que el mundo está a sus pies. Las fronteras no existen y uno está convencido de que casi todo es posible, pero sobre todo, fácil.

A los 20 Susana se enamoró por primera vez, Elvira a los 21. Por primera vez gozamos de la grandeza del amor y descubrimos una nueva libertad, aunque todavía teníamos que despertar al novio a las 3am para que se fuera para su casa. A las patadas empezamos a conocer a los hombres, a tratar de descifrar su lenguaje y su cabeza y a pesar de cientos de quejidos de “¡POR QUEEEEE!”, nos tocó llegar a la inevitable conclusión de que nunca los entenderíamos. Fue entonces también cuando descubrimos que desarrollamos habilidades impresionantes de investigadoras cuando se trataba de ver si el novio en efecto se iba a la casa a las tres de la mañana o cogía para un after. Ya quisiera CSI NY tenernos en su nómina .

A los 23 le rompieron el corazón a Susana por primera vez. Sufrió, se desgarró, se lamentó, el futuro era un hoyo negro, el futuro no existía, la muerte era la única salida a tanto sufrimiento… pero al ratico entendió que un corazón roto se recompone, que hombres hay muchos y que mucho sapo hay que besar antes de encontrar a alguien con el que valga la pena por lo menos tratar de crear un equipo exitoso.

A los 23, Elvira descubrió el mundo, el mundo chévere. Pero también descubrió otro un poco más oscuro: el laboral. Con entusiasmo se enfrentó a las dinámicas de las oficinas, pero cuando vio que su vida dejó de ser semestralizada y se vio obligada a reemplazar dos grandes bloques de vacaciones al año por 15 días al año, entró en shock. ¿Quince días de vacaciones al año? ¿AL AÑO?

Y con ese descubrimiento llegó otro, el de las responsabilidades económicas: las tarjetas de crédito, los impuestos, las facturas de servicios públicos, los arriendos, las cuotas de administración, los créditos, la EPS, la pensión . Porque las cosas dejaron de hacerse solas: si uno tiene carro, ya no es prenderlo e ir a lugares felices, ahora hay que hacerle mantenimiento, pagar impuestos. Y dizque echarle gasolina. Si uno trabaja, no es solo cobrar cheque: hay que pagar salud, pensión y cosas que uno no entiende, ni quiere entender. Y que quisiera que se hicieran solas. Todo esto con un sueldo irrisorio.

Cuando estábamos en la primera etapa de nuestros veinte no nos preocupábamos por comernos una hamburguesa doble con tres quesos y tocineta y bajárnosla con una malteada de chocolate extragrande a las tres de la mañana. No nos preocupábamos porque lo necesitábamos. Y mientras más rumbeamos, mejor nos iba: las notas de la universidad en las nubes, todos los días conocíamos gente nueva, siempre teníamos plan, nos enamorábamos cada dos días y nos desenamorábamos en los siguientes tres… y nunca entendimos cómo, pero la plata siempre nos alcanzaba.

Pero empezamos a acercarnos a los treinta y las cosas cambiaron. Arrancando por el colón, que nos pasó las primeras cuentas de cobro por las munchies del trasnocho. A los 27 el cuerpo no es igual que a los 20. Es que uno llega nuevecito a esa década, pero cuando está llegando a las puertas de los treinta, uno sabe que más de un callo le ha salido porque ya sabe que se aprende a las patadas.

Por eso Susana empezó a hacerle caso a su mamá en cuanta mascarilla natural hay. Y Elvira entendió que todo lo que la suya le quiso enseñar tenia sentido y sus cantaletas no eran el resultado de una locura hormonal. Así que empezamos a ir al médico, luchamos por crear rutinas favorables en pro del cuerpo, nos esforzamos por ponernos bloqueador todos los días, asolearnos menos o ponernos bronceador con factor de protección alto, empezamos a limpiarnos la cara todas las noches, a despuntarnos el pelo con mayor frecuencia, a pintarnos el pelo para darnos un nuevo aire, otro look y verse como en sus mejores días, a desmaquillarnos antes de acostarnos, descubrimos los cereales hiperprotéicos, nos inscribimos por primera vez a un gimnasio, buscamos consejos de cuidado en internet, nos sometimos a la tortura de bañarnos por lo menos una vez a la semana con agua helada porque “eso tonifica”, aprendimos  a hacernos el autoexamen y todavía nos lo hacemos…

En un abrir y cerrar de ojos, estábamos ad portas de los treinta. Nos despertamos y vimos que todavía no nos habíamos comido el mundo como pensábamos que lo haríamos 9 años atrás. Nos miramos al espejo y nos vimos igual que siempre, el problema es que los demás empezaron a notar los cambios con el descaro de decírnoslo en nuestra cara.

Los 29 nos sorprendieron con más sorpresas: con un cuerpo con una forma diferente y gordos que no sabíamos que podían existir. Con ojeras que con los años les empezamos a coger cariño, porque “no son ojeras, son ideas acumuladas debajo de mis ojos”. Pero para llegar a esa conclusión nos demoramos unos cuantos años.

 

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Comentarios

  1. Yesica

    Alguna vez ustedes esa gran experiencia ,¿ se enamoraron de su amor amigo? , ese con el comparten todo hasta sus mas íntimos secretos, pero tiene algo que usted no vio antes

    si les ha pasado necesito un gran consejo

    Pdta: su blog es genial

  2. Andrea

    Que me recomendaran este Blogg y su serie en YouTube fue lo mejor 100% identificada,y este post en particular esta genial, como no sentirme identificada a mis 27 y casi 28 ya uno comienza a ver cosas de las que hace años no le preocupaban para nada, dietas, cremas, y cuanta cosa para que la juventud no se le escape de las manos jajajaja buenísimo me encanto!

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