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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 19 de enero de 2018

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35 Comentarios

Lo que apesta -o no- (de los treinta)

De repente Elvira está sentada al frente de un ponqué de remolacha con quinua, con treinta velas en su circunferencia, o con una vela enorme que dice “3” y otra igual de grande que dice “0”. La acompañaban los de siempre, unos de cuerpo y otros de alma. Susana llegó tarde porque andaba estrenando novio, no llegaron algunos porque estaban clavados en la oficina, otros vivían en otro país y compensaron su ausencia con un mail o un mensaje en Facebook, y otros simplemente no fueron porque le estaban haciendo  comida al marido y tratando de dormir al bebé de un año.

Elvira sopló las velas del ponqué de remolacha con quinua que le compró su amiga de infancia que ahora sólo cree en la ayurveda, y oficialmente envejeció. Y de ese momento en adelante el mundo se ha encargado de recordárselo todo el tiempo: eres vieja.

Al año siguiente, el turno sería el de Susana: fiesta de martinis y chillada borracha por culpa de la crisis del gran número TRES. Celebró sus treinta con un noviecito de turno que la miraba con cara de amor. Pero al día siguiente, se levantó con un guayabo traído del averno preguntándose si ese hombre la miraría de esa misma manera en su cumpleaños número 35. O simplemente, si ese hombre estaría a su lado en su cumpleaños número 35. Ya sabemos que eso no pasó.

Entonces se miró al espejo y se vio más vieja que el día anterior, porque hacía un día todavía podía decir que era una “veinteañera”. Si el cuerpo a los 27 no es el mismo que a los 20, ni pensar en lo que es el cuerpo después de los 30. Así que ese día tuvo un repentino brote de agradecimiento con la mamá, más que todo por haberle hecho caso en los veinte. Y ese brote de agradecimiento se transformó en un brote de hiperconciencia de autocuidado. Porque sabemos que el cuerpo aguanta, pero también agradece esos consejitos de belleza.

Los treinta nos agarraron sin casarnos y sin hijos. Bajo la mayoría de los parámetros sociales, ya con estas dos cargas encima, hicimos una entrada trágica y lastimera al tercer piso (así tuviéramos un novio que nos sostuvo la mano para pasar del piso dos al tres).

Así que decidimos tratar de vivir mejor, de cuidar la máquina, de leer más y ver menos televisión. Nos empezamos a vestir diferente, apreciamos los tacones y los dominamos. Descubrimos los avances de la cosmetología, encontramos productos que arreglan el pelo, cremas como las BB Creams que reemplazan la incomodidad de tener que echarse bloqueador, base y polvos, y de paso le quitan las manchas. Nos hemos aclarado el pelo para tapar las tres canas que han empezado a salir, y también nos lo hemos oscurecido. Empezamos a hacer yoga y nos inscribimos en seminarios de pranayama.

Empezamos a hacer, hacer y hacer, todo para contrarrestar la etiqueta que nos tatuaron en la frente: “treintañeras”. Pero de repente, las cosas empezaron a mejorar.

Y ahora sabemos que las cosas mejoran. Mejoran porque de repente a uno le empieza a importar menos; mejoran porque uno deja de caer en la trampa y sabe que no ha llegado a la mitad de la vida; mejoran porque uno deja de darse golpes de pecho pues entiende que los planes y metas que debía haber cumplido a estas alturas en su versión veinteañera, no han sucedido sencillamente porque eran absurdos y el calendario autoimpuesto era aún más absurdo.

Mejoran porque uno es más fuerte, porque uno empieza a cosechar, porque uno empieza a creer en uno mismo, porque la ha embarrado tanto que ya tiene más certezas, porque uno ya sabe para dónde debe ir y camina hacia allá, porque uno tiene más anclas que bombas de helio, porque uno sabe que todo es negociable pero a la vez ya tiene sus límites claros y sabe qué está dispuesto a negociar y qué no. Mejoran porque uno es más valiente.

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Comentarios

  1. Andrea

    Aún existe esa creencia de que toda mujer tiene como destino casarse y tener hijos o parcial. Pero igual no hay nada malo en elegir otras vías como estudiar, viajar, tener relaciones informales, etc. Nos hicieron creer que si no nos casamos y somos madres estaríamos frustradas y no cumpliriamos con nuestra función social, cuando en verdad quienes hemos estudiado y quienes estamos ocupando laboralmente una especial función, estamos superando cualquier expectativa social y cualquier meta personal, obviamente, mejorando cada dia.

  2. DEISSY LEONELA CARRILLO

    Aun no tengo treinta,pero pronto cumplire 27 y al ser madre soltera me siento mas cerca de ese temible tercer piso.
    y me encanto la historia de Susana y Elvira.

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