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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 18 de octubre de 2019

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36 Comentarios

Ángela la ciega

Invitado

Por Juanito Banano

Hubiera podido esforzarme toda la noche para que me descubriera mirando sus nalgas dándome excusa para hablarle, sin ningún éxito. Era completamente ciega.

Pasé mi niñez y mi juventud convencido de que el amor de mi vida iba a ser una mujer invidente. La conocería en un bus, la ayudaría a bajarse y llegar hasta su casa. Eventualmente íbamos a mudarnos juntos y tener niños que corrieran y gritaran por ahí.

Cuando me acerqué ya había otro tipo hablándole.

– Hey, fancy a drink? le dijo con acento nativo y ojos verdes. Ella aceptó. Después el hombre al otro lado de la barra ofreció llenar mi vaso con más ron y coca-cola.

– Would you like a refill sir?

Always, pensé. Me habían quitado a la más interesante del bar.

Todo el mundo hablaba inglés porque estaba en California, ese estado de fantasía con el que soñaba un país mil veces más grande que el mío y que yo desconocía casi por completo. Esa noche, sin embargo, agradecía que produjera un ron tan barato como el que tomaba. Stephen, el que hablaba con la chica ciega, a quien mentalmente denominé Hawkins para no olvidar su nombre, era un cantante poco exitoso que había nacido a pocos kilómetros del bar donde estábamos. La chica tampoco tenía una historia interesante, aunque era más desalentadora: quería ser actriz. Su limitación se había encargado de impedírselo durante más de cinco años de audiciones y fiestas en casas lujosas en las que abundaban las drogas y cada persona era más pretenciosa que la anterior. Ella misma estaba volviéndose un poco así, nos contó, y se burló de que le ocurriera antes de volverse famosa.

Luego se voltearon hacia mí, esperando un resumen de mi historia reciente. Dije que había venido a hacer trabajos sencillos para una empresa de computación pero que mi sueño era convertirme en un programador de videojuegos, para no dañar el ambiente de frustración.

La verdad fui a Estados Unidos para conseguir la receta secreta del pollo de 11 Hierbas y Especias de Kentucky Fried Chicken. Sólo que en lugar de entrar a esa habitación con paredes de concreto de 2 metros de ancho y sensores de vibraciones y guardias armados que dicen que tienen, planeaba conseguirla a través de la nieta de la única persona que había podido oír la receta de labios del Coronel Sanders en persona, de la que sabía por un ¿cómo es que les dicen?, un accidente afortunado. Tenía una oportunidad en un millón. Pero ahí estaba, en ese bar, en California, hablando con esa mujer que no podía ver mi cara sin mayor atractivo, ni la de Stephen.

No verlo no le impidió besarlo. Confieso que me excitó mucho ver sus labios húmedos y sus lenguas juguetear en el medio. Asumí que después de eso no iba a prestarme atención, pero al poco tiempo fue evidente que había suficiente de sus labios para los dos. Sus besos eran corrientes, pero olía a pan recién hecho y leche, un aroma maternal: el olor del paraíso.

La noche avanzó, la conversación delató nuestro afán por desvestir y tocar, los besos se hicieron insuficientes.

– ¿Quieren ir a mi casa?, preguntó la chica.

– Eso sería delicioso, respondí con una sonrisa sincera que ella no vio. Stephen no estaba menos alegre.

Quedaba cerca. Ella tenía algo de marihuana, y yo fumé para bajar la borrachera. No nos desvestimos enseguida; jugueteamos, nos consentimos, nos dimos tiempo de disfrutar ese último momento antes de lanzarnos, esa ansiedad que es rica porque uno sabe que está a punto de satisfacerla.

Sin su ropa Stephen era pálido y lampiño. Yo tenía más color, más barriga y muchos más pelos en muchos más lugares. Ella era la mujer más exquisita del mundo; tenía una figura voluptuosa que no era despampanante, pero su piel era más suave que la de una niña. Eso, mezclado con su olor, tenía un efecto acelerador cuando uno besaba sus senos y bajaba por el vientre para lamer su clítoris, cuando pasaba las manos por sus piernas y sus nalgas mientras la penetraba, cuando escuchaba su respiración y la sentía estrecharse y arquear la espalda.

Stephen se demoró en ponerse duro, pero cuando la penetró lo hizo con fuerza y no se detuvo en mucho tiempo. Estaba como una piedra ahí abajo, tenía la velocidad de un cohete, la resistencia de un hombre de las cavernas. Yo me excité terriblemente al verlos, ya me había venido pero empecé a masturbarme despacio, disfrutando de la oportunidad al tiempo sencilla y privilegiada de ver a dos personas tan bonitas follar de esa forma frente a mí. Hasta que me di cuenta de la forma en que ella gemía. Eso no lo había hecho conmigo. No así. La certeza de que ese desconocido era mejor que yo me golpeó fuerte, me hizo consciente de que yo no era bueno. No era malo, pero tampoco bueno. Esa mujer estaba gozando más con él entre sus piernas. Me reí un poco. Ellos por supuesto no se dieron cuenta.

“Ángela”, dijo cuando estábamos tirados en la cama, en esa forma despreocupada en que se acuestan tres personas que acaban de hacer el amor. En toda la noche no había dicho cómo se llamaba.

Cuando desperté ya era de día. Ángela estaba desnuda frente a la ventana. Stephen se paró, la besó y la penetró. Ella cerró los ojos. Yo volví a masturbarme. Luego Stephen sacó sus audífonos de su bolsillo, los pasó por la piel de Ángela, dejó cada uno un momento sobre su vagina, y los puso un poco dentro. Tal vez él también percibía de alguna forma que era una muchacha especial, irrepetible, y quería recordarla siempre. O era un pervertido y hacía eso con todas.

Estuvimos de acuerdo en que la resaca hacía insoportable la luz, cerramos la cortina y volvimos a dormir. La siguiente vez que desperté Stephen ya se había ido.

– Tengo miedo
– ¿De qué?, bostezó.
– De no ser bueno para esto. De no ser buen polvo
– ¿A tu edad?
– Gemías tanto con ese muchacho
– Tiene una fuerza impresionante, dijo con una sonrisa un poco maliciosa. – Me cogía muy duro, me indicaba qué quería que hiciera, dónde quería que pusiera mis piernas, cómo quería que me acostara, pero sin palabras
– ¿Te gustó?
– Mucho. ¿Quieres que te cuente algo?, dijo después de un rato
– Hum, asentí
– Esta mañana, cuando estabas dormido, me penetró por detrás. Yo estaba acostada sobre mi espalda, pero lo sacó y lo puso ahí, muy despacio
– Logró que te gustara
– Es difícil, pero sí, lo disfruté un poco
– Esperé un rato. Finalmente le pregunté con voz neutra, ¿vas a irte con otro que te folle mejor?
– No sé Juan. No creo. No sé

Ángela era mi esposa. No nos habíamos conocido en un bus sino en un curso de manejo y estábamos acostumbrados a otras personas en nuestra relación; solíamos contamos cómo eran en la calle, con sus familias o en la cama. Uno o dos se habían convertido en amigos mutuos. Pero ese día me di cuenta de que la pasaba mucho mejor en la cama con otros que conmigo. Su preferencia por mí se debía entonces a alguna otra cosa. Tal vez eso era el amor.

Me levanté para vestirme y salir a la empresa de computación que me había contratado hacía tres meses. Ni siquiera sabía si el Coronel Sanders era un personaje inventado o alguien que realmente vivió de vender pollo frito; había leído lo de la receta esa semana en la oficina. No encontré mi billetera. Stephen se la llevó con buena parte de los dólares que nos quedaban. Ángela estuvo muy triste. Se sentía mal porque desde hacía un año no tenía trabajo. No era fácil para una ciega.

– Tal vez es hora de devolvernos a Colombia, dije, todavía desnudo.

Esa semana nos subimos en un avión que iba para Bogotá. En dos días más estábamos aquí, en Bucaramanga. Unos meses después Ángela me dejó. A veces nos vemos, hacemos el amor y recuerdo que es muy distinto con alguien que no puede ver nada. Nunca hemos usado juguetes sexuales.

Comentarios

  1. Mar111

    Felicitaciones Juanito Banano :):)

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