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Susana y Elvira | mujeres, sexo, amor, hombres y más | 24 de agosto de 2019

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Sobre los hippies, los hipsters, los yuppies, los yuccies y todo eso.

Sobre los hippies, los hipsters, los yuppies, los yuccies y todo eso.
Susana y Elvira

Se hacen generalizaciones sobre los millennials como “no quieren comprar una casa propia porque no les interesa meterse en deudas y prefieren ser libres”. Pero nosotras sí queremos tener una casa propia, estamos cansadas de pagar arriendo, y obviamente no queremos las deudas, como cualquier persona de cualquier generación en cualquier momento de la historia de la humanidad. Perdón, pero no hay que ser muy rebelde o “transgresor” para no querer vivir endeudado. También dicen que rechazan las figuras de autoridad por lo que ya hay un montón de estudios que pontifican sobre cómo lograr un mejor ambiente de trabajo para los millennials, o sea, estructuras organizacionales más horizontales. Estos mismos reportes señalan que los millennials no soportan la rutina, por lo que desprecian los trabajos de 8 a 6. Esta, y la razón anterior, los ha llevado a emprender.

O por lo menos son las razones que dan estos reportes tan optimistas. Nosotras, desde el lado pesimista de la historia (o, queremos creer, realista) decimos, y tenemos evidencia que exploramos en este libro, que si esta generación ”emprende” es porque no hay tanto trabajo. Y porque los sueldos son cada vez peores. Entonces, mejor ser un emprendedor cool que pasa sus días en Starbucks “innovando” así no genere un centavo, que un desempleado en pijama. O mejor ser un desempleado cool en Starbucks, que un sumiso empleado que debe aguantarse a un jefe que lo regañe todos los días porque no llegó a las 8 de la mañana. Lo sentimos, pero creemos que a nadie le gusta que lo estén regañando, que todo el mundo quisiera tener la libertad de poder poner citas médicas a cualquier hora y no sólo a hora de almuerzo y que todo el mundo quisiera decir que se va a tomar el viernes para irse de paseo. Y también es la generación del millón de amigos en sus redes sociales, cuando en realidad están (o estamos) más solos que nunca. Y entonces emprenden. Solos, en pijama y tomando tinto de cinco mil pesos. Vaya rebeldía. Pero así, al parecer, son (¿o somos?) los millennial y de ellos (o de nosotros) hablaremos un montón en este libro, porque algunas cosas sí están cambiando y son cambios a los que les damos la bienvenida, y abrazamos como koala a rama.

Help me. I’m poor.

Esta es una de las frases más populares del cine de este siglo. Lo dijo la protagonista de ‘Bridesmaids’, quien tiene que hacer toda suerte de peripecias para costearse ser una de las damas de honor de su mejor amiga, y competir con la rica del parche. Y es que al parecer ser pobre es la peor desgracia del mundo capitalista. Si eres pobre es porque no eres lo suficientemente inteligente, ni trabajador, ni eres tan popular como para tener los contactos adecuados que te ayuden a conseguir el éxito, ni eres lo suficiente corrupto ni mafioso para asegurarte un sustento por fuera de la media.

Tampoco eres lo suficientemente creativo, pues la pobreza se puede convertir en rebeldía si sabes cómo defenderla. Ay, la rebeldía. Es que, si nos detenemos a mirar el panorama que nos rodea, hoy el sueldo mínimo es mucho más bajo que lo era hace cincuenta años. En Estados Unidos, por ejemplo, una hora de trabajo en los sesentas valía en promedio 10 dólares, y hoy, $7,50, según Piketty[1]. Pero, a pesar de que no tenemos tanta plata, consumimos más que nunca. Y consumimos ingenuamente “con un propósito”, por lo que preferimos seguir marcas y consumir productos de aquellas que abanderan causas, como el cáncer de seno, la crisis ambiental, el fenómeno del niño, qué sabemos. Y creemos que se trata de consumo responsable, sin caer en cuenta de que tal vez los expertos en marketing y todas esas cosas, han sido tremendamente exitosos en sus campañas de convencernos de que somos “cool” o “transgresor” por pensar como “consumidores responsables”, cuando lo que necesitan es alienar a más consumidores bajo nuevos mensajes para mantener un sistema absurdo a flote. Entonces, compramos café orgánico “fair trade”, usamos ropa que no haya sido fabricada por unos pobres explotados en un rincón del mundo tan ajeno que parece la tierra de Ali Baba, compramos muebles con madera reforestada y algunos se vuelven veganos como una protesta a la agricultura industrial a pesar de que hacer mercado nos cueste ocho veces más. Todo muy lindo y loable. Pero la cruda realidad es otra: somos hippies porque nos toca. Y creemos que somos más libres que nunca porque tenemos un montón de opciones que nos permiten llevar el estilo de vida que queremos tener.

[1] “La desigualdad en Colombia es una de las más altas del mundo”: Piketty

 

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